
Se le vino encima. Tenía dos cuernos. La embestida era de toro, el cuerpo no.
– Te conozco — dijo riéndose la muchacha– ¿Crees que voy a cometer la tontería de de cogerte por los cuernos? Uno de tus cuernos es postizo. Eres una metáfora.
Entonces el Unicornio, al verse reconocido, se arrodilló ante la muchacha.
-Enrique Anderson Imbert

En el jardín de Brighton, colegio de señoritas, hay dos estatuas: la de la fundadora y la del profesor más famoso. Cierta noche -todo el colegio, dormido- una estudiante traviesa salió a escondidas de su dormitorio y pintó sobre el suelo, entre ambos pedestales, huellas de pasos: leves pasos de mujer, decididos pasos de hombre que se encuentran en la glorieta y se hacen el amor a la hora de los fantasmas. Después se retiró con el mismo sigilo, regodeándose por adelantado. A esperar que el jardín se llene de gente. ¡Las caras que pondrán! Cuando al día siguiente fue a gozar la broma vio que las huellas habían sido lavadas y restregadas: algo sucias de pintura le quedaron las manos a la estatua de la señorita fundadora.
- Enrique Anderson Imbert

El ángel de la guarda le susurra a Fabián, por detrás del hombro:
-¡Cuidado, Fabián! Está dispuesto que mueras en cuanto pronuncies la palabra zangolotino.
-¿Zangolotino? -pregunta Fabián azorado.
Y muere.
-Enrique Anderson Imbert