
Jamás derramó una lágrima que desdijera su hombría. Así era Fernando, un verdadero macho capaz de contener el llanto incluso en las circunstancias más dolorosas, como aquel inolvidable día en que halló a su pequeña ahogada en la piscina de la nueva casa. Y así se hizo viejo, cada vez más feo, con la cara llena de cicatrices surcadas por lágrimas cristalizadas.
-Izakun Legarza

Cuando se giró sobre el costado izquierdo Alberto descubrió que no estaba en su cama y pensó. La mente en blanco no le devolvió ninguna explicación. Respiró hondo y abrió sigiloso el ojo derecho: negro. Cerró rápido. Nada en su recuerdo. Abrió los dos ojos: negro y líquido.
Dejó los ojos abiertos, la respiración controlada, concentrado en la visión. Y supo que la gota salía de su nariz. Y recordó: la luz de la ambulancia, el sabor del whisky despertándolo, los gritos de Inma, el tubo plástico arañando la garganta, la aspereza del carbón llenándolo, las pastillas bebidas de un solo trago, la libertad presentida, la luz fría del hospital… Y cerró los ojos.
-Izaskun Legarza

Después sabré que es la palmera lo que veo. Al despertar no.
Abro los ojos sobre verdes círculos concéntricos. Estoy de pie. Inmóvil. Siento mis manos asidas a un objeto de tacto metálico.
Recuerdo.
Estoy en el balcón. La cabeza suspendida en el vacío. Las manos aferradas a la barandilla. El deseo de saltar.
Al despertar, los ojos posados sobre una diana verde: cenital perfecta de la palmera a trece pisos de distancia.
Respiro hondo, me giro y entro en el salón.
La vigilia se me desconectó antes de la acción: renazco en verde.
-Izaskun Legarza

Érase una vez un árbol, abundante en rojos frutos, que crecía insolente en el centro de un hermoso jardín. En una de sus ramas dormitaba tranquila la sierpe que lo guardaba, y que cada tarde se deslizaba por el tronco en busca de refugio en la tierra.
Un día, en su descenso, el reptil desprendió accidentalmente un fruto de los custodiados y, aunque el dueño del huerto había prohibido comerlos, la mujer deseosa de conocimiento mordió. Apenas tuvo tiempo la joven doncella de saborear la pulpa del fruto vetado. En un abrir y cerrar de ojos llegó el jardinero y…
… a partir de ahí,el cuento se tituló Blancanieves.
-Izakun Legarza

Salieron de la vida en la salada mar. Caminaron felices y desnudos respirando el aire cálido. Tomaron del árbol un mango y compartieron su oloroso y dulce néctar.
Después todo fue Paraíso.
-Izaskun Legarza

De pronto se sintió plena y se le vino dentro el cosquilleo gratificante del deseo alcanzado.
Toda su vida envidió a quienes se nombraban felices; anheló querer ella, con fuerza, la vida que era; quiso sentir las instintivas ganas de vivirse en este lado.
Felicidad debía ser, sin duda, esa repentina pasión por la vida que la invadió completa; ese grito animal de apego a la existencia, que encalló en su garganta justo en el instante que su cuerpo estallaba dichoso contra la acera.
-Izaskun Legarza

Ahorré todos los días de los últimos tres años. Debía convertir mi columna en un castillo sólido que me mantuviera erguido y quería que la operación la efectuara el mejor especialista del país. Por fin, hace hoy treinta y dos días, cogí el autobús hacia mi destino. Tumbado boca abajo sobre la camilla sentía la mirada atenta de la especialista recorriendo mi columna vertebral. En su mano el documento que le había dado al entrar. Un tiempo eterno hasta que sentenció: ¡es un trabajo complejo pero puedo hacerlo! -¿Está usted dispuesto a pasar ocho horas diarias sobre esta camilla durante treinta días? -¡Por supuesto!- exclamé levantándome de un salto. Treinta días de sufrimiento sobre la camilla. Treinta noches de dolor y expectación. Ayer me retiraron el vendaje y dos espejos me permitieron admirar mi espalda. Enmudecí. El castillo tatuado en mi columna es bello, sólido, elegante. Apenas un pequeño detalle lo diferencia del dibujo sobre el que trabajó con esmero la especialista: la puerta en mi espalda está cerrada. Estoy prisionero.
-Izaskun Legarza

Era perfecto, no cabía la menor duda; cualquiera que lo observara, oliera, tocara, pensara; cualquiera, por insensible que fuera, percibiría de inmediato la perfección al aproximarse al castillo.
Perfecto. Así. Sin más.
Era un castillo perfecto.
La gente se arremolinaba entorno intentando explicar los motivos de aquella inhumana obra. Arquitectos, estetas, geómetras, nobles de todos los rangos conocidos. Escultores, matemáticos, parapsicólogos, investigadores de las más reputadas universidades.
Hombres, mujeres, niños, ancianos; pobladores de todos los confines viajaban hasta el lugar. Gentes tradicionalmente enfrentadas se unieron en el afán de solucionar el enigma. La humanidad entera se volcó en la común tarea de descifrar la clave de aquella insoportable perfección.
La resolución adoptada fue aclamada por todos. El castillo era imposible. La perfección no podía ser. Había que destruir la abominable obra.
Nos lanzamos todos en frenética carrera contra el castillo que por fin sucumbiría a nuestra ignorancia.
Era un castillo perfecto. Seguía siéndolo, mientras la suave ola lo arrastraba hacia el infinito océano. La búsqueda de su reflejo es lo único que nos queda ahora.
-Izaskun Legarza