
Con puntualidad asombrosa, a las 00,00 horas, justo en el gozne del ayer y el hoy y del hoy y el mañana, Matías recibe en su blog el mismo comentario-advertencia de su esposa Adela:
…..- Matías, cuídate de los fantasmas de internet.
Y todas las noches Matías teclea la misma respuesta:
…..- Adela, querida, veo que no has cambiado nada: sigues con las mismas aprensiones que en vida.
-Antonio Serrano Cueto

Pedro y Juana conviven desde hace cuarenta años en un minúsculo apartamento. No han tenido hijos, pero sí perros y gatos de variado pelaje. Más por Juana que por Pedro, porque a él los animales le traen sin cuidado. En realidad, hace días que ya todo le trae sin cuidado. Sin embargo, a ella siempre le gustó acariciar lomos hirsutos y sentir bajo la piel caliente del animal el fluir somero de la sangre, y susurrar zalamerías en oídos que parecían agradecerlas. Algunos ya murieron, y a los más pequeños, como eran fácilmente transportables, Juana los fue enterrando en un bosquecillo en las afueras de la ciudad, bajo humildes letreros de caligrafía primorosa. Ahora moran en la casa tres gatos y un perro triste, ojeroso, que se encariñó tanto de Pedro, que hace una semana que no se aparta del viejo arcón.
-Antonio Serrano Cueto

Se rozaron en la puerta del mismo cine, cerrado ya el crepúsculo otoñal, pero no lo supieron. Compartieron la misma mesa en la misma terraza del bar, bajo la sombra colgante de los naranjos, pero no lo supieron. Durmieron en la misma cama del mismo hotel parisino (el Sena soñaba a su antojo), pero no lo supieron. Corrieron parejos por la arena de la misma playa, sus sombras fugaces a porfía, pero no lo supieron. Lloraron las mismas muertes, idénticas ausencias encorvaron sus cuerpos, pero tampoco lo supieron. Les faltó participar del mismo tiempo, porque para ser dos no basta la acercanza fantasmal en el espacio.
-Antonio Serrano Cueto

De la mano de su padre, el niño espera en el semáforo. Muñeco rojo, no pasar. Muñeco verde, sí pasar. Le gusta ver cómo el muñeco verde acelera el paso paulatinamente a medida que transcurren los treinta segundos y, sobre todo, cómo corre en los últimos cuatro. Ahí empieza la carrera, y el niño siempre gana entre risas al muñeco verde. Ocurre al menos dos veces al día, en el trayecto de ida y vuelta de la guardería, y no pasa de ser un juego inocente. Pero el muñeco verde no perdona. Medio siglo después una furgoneta le ayudará en la revancha.
-Antonio Cueto Serrano

En la víspera del nacimiento de su primer hijo, a Pedro Lapso se le cayeron varios objetos de las manos. Los más eran menudencias recuperables y su caída no produjo ningún quebranto. Sin embargo, otros eran objetos valiosos que estallaban con estrépito y pasmo. Era como si la fuerza gravitatoria se hubiese empeñado en demostrarle su omnipresencia. Asustado y temiendo males mayores con el niño, Pedro Lapso se amputó los brazos. Por eso no pudo evitar, aun estando a su lado, que a su mujer se le escurriese el bebé.
-Antonio Serrano Cueto

Escama que todos los puestos de la pescadería tengan su cola de clientes (fieles los unos, de paso los otros) menos uno. Más escama aún que en ese puesto despache una mujer de extraordinaria belleza, que entretiene la espera afilando los cuchillos con una sonrisa anchurosa. Resulta llamativo ver a los clientes que merodean por el mercado alejarse, dibujando una curva, cuando pasan por delante de su expositor de mármol. Acaso teman algún desvarío repentino y punzante, aunque es justo aclarar en su descargo que la pescadera es un dechado de amabilidad y simpatía y no cabe imaginar en ella ni una pizca de sadismo. Eso sí, cuando abre el congelador y se dejan ver las cabezas, en todo el mercado el aire se vuelve gélido e irrespirable.
-Antonio Serrano Cueto

El día de mi funeral, nadie vino a consolarme. Mis amigos pasaban por delante de mis narices con cara de afligidos, pero besaban a mi esposa y a mis hijos como si ellos tuviesen alguna parte en este oscuro viaje. Jamás perdonaré tanto abandono.
-Antonio Serrano Cueto

Hora punta en los andenes del metro. Un hombre corre precedido por su sombra, que camufla sus perfiles humanos entre el gentío atropellado. El hombre ignora que ha salido de casa desparejo. Llega al trabajo y saluda, pero su saludo suena geminado, porque ya saludó antes su sombra. Es mediodía. El hombre se dispone a almorzar donde suele. En la mesa quedan restos del almuerzo reciente de su sombra. Cumplida la jornada, atardecida la hora, el hombre vuelve a casa. Por su habitación camina descalzada su sombra. A pesar del cansancio, inicia en la cama el ritual del deseo con el cuerpo de la amada, pero ella duerme ya gozosamente satisfecha.
-Antonio Serrano Cueto

Conocí bien a mi padre muchos años después de su muerte. Fue por casualidad. Recibí por mail una invitación para acudir a una cena en un restaurante céntrico de Madrid: “En su calidad de experto en relatos, blá, blá, blá…” Cenas literarias las llaman, aunque allí hablamos poco de literatura. Uno de los comensales, crítico literario de un periódico nacional, insistía en hablar de política, de la crisis económica y las cuotas sociales. Otro de los invitados, un profesor septuagenario, conocido en los cenáculos literarios por su adición a las faldas, la emprendió con una de las ministras, una joven treinteañera de buen ver y mejor imaginar. Por su parte la editora que nos había convocado se quejaba de las vicisitudes de su profesión en España, donde los peces grandes engullen a los pequeños sin contemplaciones. Ella decía ser propietaria de una editorial modesta, pero la facturación del último año contradecía tal afirmación. De hecho, el premio de relatos que iba a convocar contaría con la dotación más alta de este tipo de certámenes.
Conocí a mi padre, como les digo, en aquella cena. También había sido invitado a la velada, aunque yo no lo sabría hasta semanas después, cuando tuve que leer El fantoche, el relato que firmaba mi madre con un seudónimo que a mí me sonaba a su nombre de guerra en los años universitarios: “Lisístrata”. Obviamente voté por ella.
-Antonio Serrano Cueto