
Esto no lo dejaría por nada del mundo, piensa, mientras el carro aúlla y va abriéndose paso entre el tráfico. El “Poroto” Rodríguez cuelga precariamente junto a dos compañeros en la parte trasera del vehículo, al lado de los rollos con mangueras. Los otros bomberos viajan en la cabina. Todos están eufóricos y tensos, como presos que observan la fuga de un compañero; las manos sudorosas y la vista extraviada, marítima. El olor a humo indica la cercanía del siniestro. Es una casa verde la que se quema. Él ya lo sabe pues es la tercera a la que prende fuego este mes.
-Yuri Soria-Galvarro

Custodio de verdores reposa en los caminos sin encontrar descanso. Restriega su oxígeno en las rocas tan solo para acariciarles sus vestigios. Le conviene que la piedra de cuenta de su compromiso, que las hierbas salvajes sepan que alguien de buena estirpe las enjuaga. A la noche cuando clarea el creciente, canta. No salmodia letanías, entona fados a aquel amor quimérico que fue vivípara siendo él, la simple húmedad del rocío.
-Alejandro Gelaz

Era perfecto, no cabía la menor duda; cualquiera que lo observara, oliera, tocara, pensara; cualquiera, por insensible que fuera, percibiría de inmediato la perfección al aproximarse al castillo.
Perfecto. Así. Sin más.
Era un castillo perfecto.
La gente se arremolinaba entorno intentando explicar los motivos de aquella inhumana obra. Arquitectos, estetas, geómetras, nobles de todos los rangos conocidos. Escultores, matemáticos, parapsicólogos, investigadores de las más reputadas universidades.
Hombres, mujeres, niños, ancianos; pobladores de todos los confines viajaban hasta el lugar. Gentes tradicionalmente enfrentadas se unieron en el afán de solucionar el enigma. La humanidad entera se volcó en la común tarea de descifrar la clave de aquella insoportable perfección.
La resolución adoptada fue aclamada por todos. El castillo era imposible. La perfección no podía ser. Había que destruir la abominable obra.
Nos lanzamos todos en frenética carrera contra el castillo que por fin sucumbiría a nuestra ignorancia.
Era un castillo perfecto. Seguía siéndolo, mientras la suave ola lo arrastraba hacia el infinito océano. La búsqueda de su reflejo es lo único que nos queda ahora.
-Izaskun Legarza

Quería la inmortalidad, la fama, ser recordado por siempre. Aquel año había entrenado para llegar a ser el mejor de los atletas de los juegos. Fracasó.
Frustrado abandonó la ciudad. Como un paria vagó por los caminos hasta que le surgió la idea, fue en busca del Mito.
La vio de espaldas, las serpientes ensortijadas en su pelo chillaban con violencia. Se sentó en una roca, apoyo el mentón en su mano derecha, con su brazo izquierdo lanzó un guijarro que golpeó la espalda de Medusa. Ella se volvió…
Años después un tal Rodin encontró una escultura perfecta, la presentó como suya y la llamó El Pensador.
-Delfín Beccar Varela

Para que su horror sea perfecto, César, acosado al pie de la estatua por los impacientes puñales de sus amigos, descubre entre las caras y los aceros la de Marco Bruto, su protegido, acaso su hijo, y ya no se defiende y exclama: ¡Tú también, hijo mío! Shakespeare y Quevedo recogen el patético grito.
Al destino le agradan las repeticiones, las variantes, las simetrías; diecinueve siglos después, en el sur de la provincia de Buenos Aires, un gaucho es agredido por otros gauchos y, al caer, reconoce a un ahijado suyo y le dice con mansa reconvención y lenta sorpresa (estas palabras hay que oírlas, no leerlas): ¡Pero, che! Lo matan y no sabe que muere para que se repita una escena.
-Jorge Luis Borges

El microcuentista pequeño –era casi enano- escribió un relato ínfimo y potente, y fue aplaudido por ello. El minificcionista gigante –medía más de dos metros y era fuerte como un coloso- escribió un relato conciso y sublime; fue aclamado. El autor pequeño sintió enorme envidia y una compleja serie de ataques de furia, tras los cuales creó un nuevo texto: brillante, mínimo y pleno de significado. El gigante leyó ese cuento y quedó embelesado, tanto que redactó, a manera de secuela, una minificción perfecta, auténtica joya de la economía verbal.
Continuaron escribiendo y por fin se encontraron en una tertulia. Leyeron sus textos en contrapunto y sacaron aplausos. Conversaron el resto de la noche y se hicieron amigos. Podrás encontrarlos en bares, cafés o librerías. Es fácil reconocerlos: se ven felices, siempre portan libros y libretitas para anotar ideas para minificciones. Ah, uno es ciclópeo y el otro es diminuto. Pero sabemos que eso da lo mismo.
-Diego Muñoz Valenzuela

La tarde se cerraba cuando bajamos por el sendero hasta La Furnia. Había pleamar, o quizá, mar de fondo porque subía un rugido sordo hasta nuestros pies como un hervidero de leche espesa. Batían las olas la piedra negra y el aire se iba enrojeciendo como el vientre inmenso de un animal estirado sobre el horizonte. La mañana había dejado un rezago de azules y añiles. Manchones incontables de olivino confundían la tierra con el mar que no cubría la espuma. Verde seco de los cardones, verde de los fondos de algas, azufre de las tabaibas y, otra vez, el verde atenuado de las bajas. Vibraba la luz mortecina como si hubiera miles de peces de oro derramados sobre el agua. A ratos, se veía el movimiento del cardumen y la silueta del pescador de muriones. El murmujeo de su voz tratando de seducir a la sierpe, ¡coo, morena, coo! ¡ajoó, morena, ajoó! Esperamos quietos al filo de la lava, hasta que pasó el hilo incandescente del rayo verde sobre nuestros ojos, pero nosotros estábamos ya al otro lado del mundo, tocando las pálpebras de la noche como niños ciegos.
-Juan Yanes

Desde el paradero del bus Leoncio observa los esfuerzos de un hombre por permanecer asido a la viga de un edificio. Algunos automóviles se detienen y los transeúntes empiezan a agruparse, y ya en calidad de testigos susurran palabras apresuradas sin atreverse a emitir un presagio. Angustiado, Leoncio piensa en que el bus puede venir sin asientos libres, y abstraído recorre con la mirada el trayecto del hombre desde la viga hacia el suelo. Cuando el bus aparece, Leoncio sube de prisa y busca sin éxito un puesto vacío. Mala suerte, piensa.
-Luis Fayad

“Mamá está en mi cuarto”, le dije a mi hermana. “Dice que quiere hablar contigo, que vayas.”
Mi hermana me miró con lástima, aunque también con reproche. “No puede ser”, me contestó. “Mamá está muerta”. “Ya lo sé, pero ahí está. Ven a ver”.
“Bueno, está bien. Vamos”.
Y atravesamos la pared cogidos de la mano.
-Agustín Monsreal

Deambula por los circos que tanta gloria le dieron. Sus orejas, semejantes al celofán en transparencia, son enormes al igual que la trompa balanceante con la cual va recogiendo memorias y recuerdos: ya sea de la ocasión en que hizo la danza de los siete velos en el Ringling, ya de la vez de su salto a doble altura desde un trapecio del Barnum; ya del fatídico, último resbalón que dio en la cuerda floja del Atayde.
A la elefantasma no le molestan las nuevas generaciones que tratan de emularla con torpeza. Ella simplemente les observa desde una grada -siempre de tipo preferente- y meneando la cabeza desaprueba un titubeo, un error en el ritmo de la rutina, un movimiento innecesario.
Saciada una vez que está de memorias, lo único que la estrella sigue deplorando con añoranza, y antojo cada vez menor, es que los cacahuates carezcan de ánima.
-Luis Felipe Hernández