
Una noche mamá nos despertó alarmada.
—¡Se quema la casa! ¡Se quema la casa! —gritaba.
Tenía un claro paisaje de terror en el rostro.
Yo, al ver la mano macabra de la llamarada no le di importancia y me eché a dormir de nuevo.
Aquello, no era tan grave.
A diario, la lengua endemoniada de mi padre desataba peores infiernos.
-Marcos Leija

No son las parcas quienes cortan el hilo ni es la enfermedad ni la bala lo que mata. Morimos cuando, por puro azar, cumplimos el acto preciso que nos marcó la vida al nacer: derramamos tres lágrimas de nuestro ojo izquierdo mientras del derecho brotan cinco, todo en exactamente cuarenta segundos; o tomamos con el peine justo cien cabellos; o vemos brillar la hoja de acero dos segundos antes de que se hunda en nuestra carne. Pocos son los signados con posibilidades muy remotas. Matusalén murió después de parpadear ocho veces en perfecta sincronía con tres de sus nietos.
-Raúl Brasca

Cuando se giró sobre el costado izquierdo Alberto descubrió que no estaba en su cama y pensó. La mente en blanco no le devolvió ninguna explicación. Respiró hondo y abrió sigiloso el ojo derecho: negro. Cerró rápido. Nada en su recuerdo. Abrió los dos ojos: negro y líquido.
Dejó los ojos abiertos, la respiración controlada, concentrado en la visión. Y supo que la gota salía de su nariz. Y recordó: la luz de la ambulancia, el sabor del whisky despertándolo, los gritos de Inma, el tubo plástico arañando la garganta, la aspereza del carbón llenándolo, las pastillas bebidas de un solo trago, la libertad presentida, la luz fría del hospital… Y cerró los ojos.
-Izaskun Legarza

Subió cuatro escalones y descendió unos metros; bajó seis escalones y ascendió unas millas. Se sentó a descansar y la enorme escalera del Purgatorio giró nuevamente a su alrededor.
-Sandro Centurión

Él, que pasaremos a llamar sujeto, y quien estas líneas escribe (perteneciente al sexo femenino) que como es natural llamaremos el objeto, se encontraron una noche cualquiera y así empezó la cosa. Por un lado porque la noche es ideal para comienzos y por otro porque la cosa siempre flota en el aire y basta que dos miradas se crucen para que el puente sea tendido y los abismos franqueados.
Había un mundo de gente pero ella descubrió esos ojos azules que quizá –con un poco de suerte- se detenían en ella. Ojos radiantes, ojos como alfileres que la clavaron contra la pared y la hicieron objeto –objeto de palabras abusivas, objeto del comentario crítico de los otros que notaron la velocidad con la que aceptó al desconocido. Fue ella un objeto que no objetó para nada, hay que reconocerlo, hasta el punto que pocas horas más tarde estaba en la horizontal permitiendo que la metáfora se hiciera carne en ella. Carne dentro de su carne, lo de siempre.
La cosa empezó a funcionar con el movimiento de vaivén del sujeto que era de lo más proclive. El objeto asumió de inmediato –casi instantáneamente- la inobjetable actitud mal llamada pasiva que resulta ser de lo más activa, recibiente. Deslizamiento de sujeto y objeto en el mismo sentido, confundidos si se nos permite la paradoja.
-Luisa Valenzuela